Así, psycho-killers tan célebres como el Norman Bates de Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) o la chica con telequinesia de Carrie (Brian De Palma, 1976) encontraron una excusa para su enfado contra el mundo en la educación castradora recibida de unas madres de sexualidad frustrada y refugiadas en la religión, mientras que otros como May (Lucky McKee, 2002) o Willard (Glen Morgan, 2003) se construían su propio mundo de amigos imaginarios –rodeados por muñecas y ratas, respectivamente–, en respuesta al rechazo que sufrían desde pequeños por ser diferentes.