Entre abogados bien repugnantes y pancistas, club nocturnos con un fuerte dejo kitsch y una persecución automovilística legendaria con tiroteo múltiple que no tiene nada que envidiarle a sus homólogas de Contacto en Francia , Escuadrón Especial ( The Seven-Ups , 1973), de Philip D’Antoni, y Bullitt (1968), de Peter Yates, el opus de Friedkin y compañía constituye el epítome tanto de la exageración modernosa impostada de la década del 80 como de ese realismo sucio e impiadoso de índole suburbana que cristaliza en una cacería donde el depredador y la presa se confunden todo el tiempo debido a que ambos son núcleos fundamentales del absurdo del canibalismo metropolitano sin fin, como decíamos previamente un esquema lúdico en el que el narcisismo y el afán de trastocar la voluntad del prójimo parecen constituir el único horizonte vocacional de unos agentes del poder público -el de las sombras o mafioso clásico y el que se maneja al descubierto desde el aparato represor estatal- que adoran j…