El segundo largo de Paddington dirigido por Paul King tiene la cualidad de una producción de lujo, frecuente en el cine americano y limitada a lo correcto en las de otras industrias, y otra principal y mucho menos usual: la brillantez y variedad de la dirección artística, el reparto donde sólo el pequeño oso es producto de la animación y todos los que le rodean son actores y muy buenos, el guión que da papel a muchos personajes, la genuina comicidad mientras que lo habitual en el género es confundirla con la mera ingenuidad (en esto coincide con Stuart Little, de parecido planteamiento, y que también contaba con un estupendo guión).